martes, 26 de diciembre de 2017

Déjame.

Déjame. Déjame decirte que cada día que pasa, estoy más perdido mirándote, que no encuentro un motivo claro para estar contigo, porque no me hace falta. Déjame quedarme sólo, durante unos momentos, sintiendo el frío en mis manos viendo un cielo inmenso, donde pueda abrir mi corazón al universo y pueda gritar, a mi manera, lo muy feliz que me siento de estar aquí contigo, de poder compartir cada pedazo de mi pequeño universo juntos.

Déjame estar cerca y la vez lejos, por mi estúpida manía de perderme en todas aquellas cosas que todavía no entiendo, déjame libre para que pueda ver lo que es ver el Sol nacer nuevo, aunque cueste, nunca podré cambiar que a veces lo días pesen, pero no dejes de pensar que cada día siento ese calor en el pecho que me hace vibrar cuando estamos juntos. Que no hay nada mejor que parar el destino juntos, haber cambiado el rumbo de todos aquellos que creían que ésto era sólo un pequeño ir y venir.

Déjame correr muy lejos, porque pase lo que pase siempre estás conmigo y a veces, necesito volar para saber lo que es el hogar, perderme para encontrarme y redescubrir todas esas estrellas que nos cuidan y nos miran cada noche cuando el universo se equilibra para que podamos ser felices. Y ten claro, que quiero que cada día tú me dejas, sí, me dejas sin aliento al ver que cada instante que pasamos juntos, es más perfecto que cualquiera de las estrellas que nos miran envidiosas de poder compartir toda nuestra vida juntos.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Esta vez.

Perdida en el mar entre tantas estrellas, entre tanta vida que ha pasado delante de sus ojos, encuentra finalmente en camino para seguir. Las heridas de los días, de los momentos de soledad, han dejado una huella imborrable en un cuerpo que se precipita hacia un nuevo horizonte, donde ella ha dejado de ser un planeta, donde ahora ella es el Sol. Vuelve a estar perdida, sí, pero esta vez está perdidamente loca de felicidad. Busca sin encontrar y es normal, el tiempo debe dar luz a todos aquellos días oscuros y busca dentro de su interior el tesón y la fuerza para caminar.

La miro a lo lejos, como se marcha, como ha empezado a volar y me enamoro cada día más de sus palabras, de esa mirada de felicidad que pensaba que nunca volvería a ver, y en días como hoy, me imagino lejos de todo con ella, en algún espacio infinito lejos de aquí, donde sólamente juntos podamos volver a encontrar historias perdidas con un vaso de café, donde las melodías de nuestro pasado enciendan el brillo de nuestros ojos y donde pueda reposar, durante unos minutos, en ese espacio intenso e infinito que siempre se crea cuando estamos juntos.

En la lejanía a veces, encontramos la cercanía. A veces, con tan sólo imaginar cinco minutos que podemos abrazar esos momentos, existen dentro de nosotros. Sólo hay que apagar la luz, escuchar el silencio y respirar una vez más muy hondo, para enviar un mensaje al universo. A veces lo hago, sin que tú lo sepas, cierro los ojos y te envío mi calor, cierro los ojos e imagino que tan sólo, si piensas un poco en mí, encuentras respuesta a todas esas preguntas que todavía tenemos y que poco a poco, empiezan a disuadirse entre la multitud. Porque sé que los dos miramos al cielo y seguimos pensando que el infinito no es suficiente para nosotros.

Y, a veces, dentro de mí, vuelve a surgir esa canción...

martes, 12 de diciembre de 2017

Jugar.

Miro cada objeto de esta habitación y cuento la cantidad de moléculas del espacio, me divierto y entretengo en esta dulce brisa de papel, pensando que hoy es un pasado lejos del ayer. Me levanto para mirar, para lanzarme al aire y buscar dentro del cielo espacio donde poder respirar. Tengo que empezar a comportarme; a cuidarme la cabeza y dejar de pensar con el corazón, como cuando tú me abrazabas. A veces podría, podría pasar todo el día pensando en que me encantaría deslizarme un sólo segundo por el espacio. A veces me escapo, estando tan rodeado de gente, y sí, a veces puedo llegar más lejos si subo el volumen de la música, incluso más lejos de este tiempo que compro en cigarros, que pierdo en salud y pierdo en canciones.

Y entonces, vuelvo a subir la música, mucho más alto y comienzo a bailar, porque ellos no saben lo que es estar encima del espacio, lo que es bailar en el espacio y empezar a recordar, desde ahí que no soy nada de lo que habían comprado. Que no valgo diamantes, sólo recuerdos. Que me gusta recordarme cada día más feliz que el anterior, que disfruto viendo el futuro enamorado de ti, de cada una de nuestras canciones. Es así,  yo no tengo más que dar a aquellos que son incapaces de ver más allá de mi propio camino, que se pierde y a la vez se acerca, que me hace brillar y bailar encima de las caras de aburridos esperando un tren, podría escaparme todos los días y pensar en pasear las calles de aquella ciudad.

Hoy ha vuelta esa melodía en mi cabeza, esa que me costaba escuchar. Sí, probablemente la canción de la despedida, pero no voy a empezar a pelear por aquello que ya está perdido, yo estoy en un nuevo espacio y ha empezado mi viaje, sí, me gusta jugar a empezar a jugar. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

El avión.



Aquella última imagen, aunque la recuerde nítidamente, ya sólo forma parte de los recuerdos. Aquella última estela que el universo me dejó, fue sólo para afrontar el camino de aguas que venían después, el camino largo que debía recorrer de nuevo, el paisaje más fantástico que jamás podría descubrir si me decidía a precipitarme al vacío por una vez; a pesar de las despedidas, a pesar de los reproches, la llamada interna por primera vez superó todos esos miedos y todas esas ganas de desperdiciar todos aquellos sueños que poco a poco se iban apagando, se iban apagando tan rápidamente como aquella última imagen que guardaré siempre en el rincón más profundo de mi corazón.

Desde siempre, el niño adorable y soñado, la perfección más imperfecta hecha persona, sin saber el lugar, el por qué y la dirección, finalmente han llevado a la imperfección al viaje quizás más lógico en los tiempos de tormenta; en los tiempos donde sólo se puede mirar desde la lejanía ver el barco como zarpa hacia otro destino, ver como todos esos recuerdos se los lleva el viento hacia otro lugar lejano y desconocido donde todo tiene un nuevo sentido para sobrevivir. Los restos, las cenizas de aquellos recuerdos, son sólo estelas que quedan en los momentos felices y se observan en las cicatrices de la nostalgia. Una nostalgia producida no por lo que existe, si no por lo que quizás un día soñé que llegaría a existir, pero sólo el paso del tiempo determina las circunstancias y las mismas son las que me demuestran cada día la necesidad de recordarme durante unos momentos al día por qué y qué hago aquí.
La llamada interna, la necesidad absoluta de volver a buscar en mí todo aquello que estaba enterrado y difuso, a pesar de las heridas, a pesar de las impetuosas ganas de volver a una coraza que no permita paso a la luz exterior, es imprescindible e irrechazable la sensación de querer huir, de querer salir corriendo y llorar durante interminables horas hasta que la luz del Sol se apague. Escuchar la soledad del silencio, el vacío perpetuo de caer hacia un abismo donde todo se encuentre tranquilo y donde pueda reposar cinco minutos escuchando esa llamada interior. Quizás, sólo quizás estoy en ese momento: el momento de aprender que es momento de vencer mis propios miedos, esos miedos que durante tanto tiempo me han alejado de lo que de verdad vine a hacer aquí, a este pequeño y la vez gran universo que siempre me ha enseñado que no existe la casualidad si no se busca, si no se sueña cada día con paisajes fantásticos donde aunque no brille el Sol, el corazón late con tanta fuerza como las olas de aquel mar, donde lloré al darme cuenta de lo equivocado que estaba conmigo mismo en aquel paisaje tan verde tiempos atrás.

Es ese momento, el momento de volver a coger el barco, de iluminar cada segundo con aquellos momentos donde puedo escuchar esas palabras, escuchar la llamada interior que me dice que es momento de zarpar, de emprender el viaje hacia ese destino oculto donde encontraré por fin quién soy, quien siempre he querido ser; lejos de aquellos días oscuros y aquellos momentos vacíos y carentes de emoción, es momento de recordar por qué y para qué, a pesar de la marea y el viento que azota fuerte y hace las cosas más difíciles, es momento de entender que hay que aceptar que las cosas no son siempre malas cuando no son como queremos, sólo son distintas. Y ahí, en esa diferencia, se encuentra el encanto de poder seguir soñando con ese paisaje que siempre estará iluminando el corazón de todos aquellos que sueñen con estar lejos del mundo presente, lejos de los días cotidianos, lejos de la rutina: ahí, esa pequeña cueva que se escondió durante un tiempo es la que debo volver a buscar, en este viaje que ha comenzado.   
Y puede que quizás, sólo quizás, sea el momento de abrazar más fuertes que nunca los momentos que brillan dentro de mí, de amar a aquellas personas que me enseñan la dirección de este viaje y proteger con toda fiereza todos los sueños por los que siempre he querido tener tiempo y ganas, es momento de empezar el viaje y escuchar la llamada interior, es momento de volver a encender el fuego  y sobre todo, es el momento de volver a soñar aunque el frío del universo exterior intente disuadir el verdadero sentido de este viaje.

lunes, 21 de agosto de 2017

Érase una vez una roca.

Yo dije que un día podría volar, prometí que el cielo no iba a ser lo suficientemente cerca para subir a ver las constelaciones desde un punto donde pudiera reírme cada insignificante fragmento de este mundo. Subí, corrí e incluso llegué a tocar el cielo, pero nunca fue cierto. Aquellos instantes fugaces que hoy recuerdo solo eran humo vendido por las grandes consecuencias del alcohol y las noches donde nadie duele, pero sí se hiere.

Existen rocas pegadas al océano que se desgastan lentamente, rocas que sin querer, el simple hecho de estar cerca del mar les provoca un sufrimiento que hace que se debiliten poco a poco, sin que la gente cuando pasa por delante se de cuenta, puesto que han nacido para estar ahí siempre: delante. Delante de los golpes del mar que rompen contra pequeños cuerpos que sufren, se desgastan, pero callan. Callan con dolor en busca de la libertad de dejar esas noches de heridas, las heridas que provocan el arrastre. 

Correr de aquel mar, buscar el vacío y precipitarse a volar. A veces sólo es necesario que un simple organismo vivo, en este mundo vacío de largas horas de habladurías sin ley, se fije en esa roca que está cansada de estar ahí: delante. Esa roca que necesita dejar el arrastre, necesitar desplazarse a otro lugar donde delante es delante de un nuevo paisaje que deje de herir; donde la luz del sol (no necesariamente cálido) brote sentimientos en una cobertura herida por el frío, la humedad y el arrastre; arrastre de años, momentos y ataques por estar delante.

Ahora la piedra está justamente donde siempre debió estar y si no es así, por el momento es suficiente.
Nunca hay suficiente tiempo, nunca es suficiente...

¿Te perderías en algún lugar conmigo?

¿Te perderías en algún lugar conmigo?
Pues date prisa en decidirlo o búscame,porque quizá si lo decides demasiado tarde ya estaré tan lejos de aquí que la nostalgia ya estará curtiendo mis heridas...

Amélie

Amélie
Amélie no tenia un hombre en su vida, lo habían intentado pero el resultado nunca había estado a la altura de sus expectativas. En cambio, cultiva el gusto por los pequeños placeres... Hundir la mano en un saco de legumbres, partir el caramelo quemado de la Crema Catalana con la cucharilla y hacer rebotar las piedras en el canal Saint Marthin.

"je vais faire l'amour avec toi"...

Más soñadores.